San Andres / Colombia

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San Andrés, la isla bonita donde todo el año es verano

Calor, palmeras, arena blanca, corales, peces de colores y mar transparente o turquesa o azul intenso o verde, pero siempre a la temperatura ideal para estar con el agua al cuello.

San Andrés es la capital de un archipiélago que también conforman las islas Providencia y Santa Catalina. A 775 km del territorio continental de Colombia y a dos horas de navegación de la costa nicaragüense, la isla tiene una historia intensa de vaivenes por su posesión.

SAI invita a salir y conocerla.. Una manera de hacerlo es dando la vuelta a la isla en un city tour, que puede hacerse en coloridas chivas , colectivos típicos de Colombia, o por cuenta propia, alquilando un carrito de golf (para cuatro pasajeros) o una mulita , un vehículo un poco más grande con capacidad para seis personas.

Hay varias paradas obligadas en esta vuelta: el recorrido pasa por los barrios San Luis y La Loma, donde se establecieron los primeros poblados. Subiendo La Loma se llega al punto más alto de la isla (120 metros sobre el nivel del mar), desde donde pueden verse con claridad los múltiples tonos que toma el “Mar de los siete colores”.

Tras los pasos de Morgan

Otra parada posible en el recorrido es La Cueva de Morgan, un complejo donde, dice la leyenda, todavía permanece oculto el tesoro del pirata galés Henry Morgan, que se abastecía en las islas del archipiélago para azotar los barcos españoles y, con patente de corsario, robar para la Corona y –de paso– para sí mismo. El complejo incluye los museos del Coco y Pirata, la Galería de Arte Nativo, la réplica de un barco pirata y la cueva, a la que es posible bajar para descubrir que hasta allí llega el agua del mar.

El recorrido termina, merecidamente, en Rocky Cay, una hermosa playa en San Luis, con arena blanca y palmeras. A unos 100 metros desde la orilla hay una pequeña isla de coral y, muy cerca, el casco abandonado de un barco que encalló en el arrecife. Al islote se llega caminando, con el agua que no supera la cintura. Dos recomendaciones fundamentales: calzar zapatillas de agua para no lastimarse con las piedras coralinas (se consiguen por unos 6 dólares en hoteles, negocios y playas) y antiparras o máscara de snorkel: basta bajar la vista unos centímetros para descubrir un maravilloso mundo de peces de colores y plantas marinas. Es un pequeño anticipo de lo que nos espera al día siguiente.

El mar de San Andrés está poblado de cayos. A algunas de esas pequeñas islas se llega caminando desde la orilla y otras merecen una excursión en lancha. Saliendo desde la marina a las 9 de la mañana, optamos por un paseo de todo el día hasta Johny Cay, una isla con palmeras, iguanas, picaflores, tragos servidos en cocos y playas paradisíacas. Por eso, la playa y el mar suelen estar muy concurridos.

A 10 minutos de lancha desde ahí se encuentra Rose Cay, más conocido como El Acuario porque sus tres barreras de coral concentran peces de miles de formas y colores, erizos, estrellas de mar y anémonas. Es un cayo muy pequeño, que sólo cuenta con un restaurante, donde almorzamos pargo rojo frito y el típico y delicioso arroz con coco.

A Haines Cay se llega caminando, con el agua hasta el pecho. Este islote tiene una apariencia más salvaje y es más solitario. Hay un bar de estilo jamaiquino y sólo vegetación, arena y corales, que permiten disfrutar de la inmensidad del mar a piacere . Entre las 16 y las 17, las lanchas empiezan a regresar al amarradero de San Andrés. El sol y el agua surtieron su efecto y el grupo guarda ese silencio que precede la hora mágica del atardecer, como sólo pasa en vacaciones.

Queda bastante por hacer en esta “isla bonita”: el paseo a los manglares, una excursión a la laguna, nuevos recorridos por las playas del centro y de San Luis, una visita a la isla Providencia y habrá quien, más experimentado, pase del snorkel al buceo. Cada día vendrá con su noche y el mar seguirá siendo un imán para los visitantes, sin importar la hora. Desde la playa, el muelle o el malecón, bajo la luna brillante, acostumbrados al rugir incesante de las olas en el Atlántico sur, disfrutamos de un mar silencioso, bajo el cual, adivinamos, serpentea un mundo maravilloso.

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